Por: Lilia Cisneros Luján

Ni lo frío, ni lo caliente

22 de enero 2018

Un objeto lanzado a la cara del pontífice católico en Chile obliga a reflexionar en los factores que hacen de la seguridad de la humanidad algo endeble. Desde tiempos muy antiguos los seres humanos desean tener certeza acerca de la integridad de su persona, la de los seres que aman y aun respecto de los bienes que poseen. Hoy día se basa esta posibilidad en cuerpos policiacos y/o militares y si bien las funciones de ambos en más de una etapa histórica se han mimetizado, hoy parece que por cuestiones de metas, funciones y muchos otros factores el esquema parece ser diverso.

Durante los periodos arcaico y clásico de la historia griega, todo ciudadano de las poleis debía estar preparado para formar parte del ejército, habida cuenta que lo que se buscaba era la defensa del territorio de la ciudad, privilegio éste que fue desmoronándose cuando por explosión demográfica y descomposición de las estructura políticas, fue necesario integrar las tropas con mercenarios que solían ser esclavos o simples extranjeros como era el caso de los llamados bárbaros.[1]

Al igual que ocurrió con la formación militar helénica, muchas otras naciones procuraban tener cuerpos de seguridad no solo ofensivas contra extranjeros sino defensivas aun internas para evitar la rapiña, el robo y el vandalismo. Los enemigos de la Grecia antigua, sabían que su mayor preocupación debía ser las falanges pues aun con su muy escasa militarización, la infantería luchaba denodadamente, debido a su origen de propietario y afanador de tierras cultivables, -según definición de Jenofonte- así como padre de familia, lo cual el daba cualidades de fuerza, vigilancia y justicia, esencial en el espíritu militar.

Al igual que ocurre después en las diversas épocas de lo que terminó siendo el imperio romano, cada ciudadano que aspiraba a calificaciones militares debía pagar su propias armas y por ende responder por la seguridad –de tierras y personas- que se le encomendaban o que eran de su ámbito personal. En estos términos los cargos superiores correspondían a las personas con más altas posibilidades económicas y sin que haya similitud con lo que hoy ocurre con los ricos que pueden pagar su seguridad privada, a fin de garantizar la libertad de sus hijos y la integridad de sus bienes; como la suficiencia financiera era la que garantizaba los más altos puestos en materia de seguridad, inicialmente el ejército estaba formado únicamente por los patricios y solo después de la expansión de territorios, se aceptó incluir plebeyos y ciertos personajes de la plebe a los cuales se les ofrecía contra prestación económicas[2]. Por lo que toca a la seguridad privada, los responsables de esta, eran personas de probada lealtad, es decir amigos cercanos, trabajadores y especialmente esclavos, totalmente fieles

Otro cuerpo que trabajaba en Roma, sin percibir recurso era el senado, integrado por 300 hombre nobles y por ende adinerados, cuya principal función era vigilar el trabajo de los cónsules y cobrar impuestos. Llegar a senador suponía haber pasado por otros muchos puestos y por ser este cargo un máximo honor el cual se ostentaba hasta la muerte sin percibir salario alguno. ¿Podemos imaginar cuantos senadores del siglo XXI, no calificarían para tal función con este rasero?

Los papas no han estado exentos de mezclarse en guerras de poder y ambición, por lo cual en el siglo XV y debido a los grandes enemigos que tenía entonces la Roma católica, se suscribió un acuerdo con la confederación suiza[3], para contratar mercenarios cuya labor era y sigue siendo garantizar la seguridad personal del pontífice así como la de su territorio.

Hoy que la guerra es uno de los negocios más lucrativos y que el poder de una nación se mide tanto por la cantidad de efectivos con los que cuenta, así como los avituallamientos –tanques, armas largas y cortas, submarinos, aviones, drones, buques etc.- que ha comprado o producido, la importancia de un ejército es medida por cuando menos 50 factores, en los cuales no se incluyen las armas nucleares ni la calidad de éstas. Así las cosas, el primer ejército reconocido del mundo es el estadounidense, siendo el ruso y el chino –dependiendo de quien informe- quienes le siguen en segundo y tercer lugar. México ocupa el lugar 34, superado en dicha clasificación por Brasil que se ubica en el 14.

Para quien estudie la historia de la seguridad en el planeta, será fácil reconocer que no hay nada nuevo bajo el sol. Ejercito y policía no son lo mismo, los primeros pueden desempeñar cargos de defensa de poblaciones amenazadas por extranjeros, de fronteras, de mares y de aire, en tanto que los segundos, la mayoría de las veces eran grupos privados de “auto defensa” cuyo uso sin reglamentación dio lugar los extremos de señores feudales. Dado que en México tenemos como en feria un poco de todo ¿A que le temen quienes se oponen a la vigencia de la ley de seguridad interior? Y por otra parte ¿cual es le verdadero interés de las fuerzas militares –ejército y armada- en su operatividad? Alguno de estos dos sectores, ¿entiende lo que significó en la antigua Roma, la promulgación de las doce tablas?

[1] vocablo peyorativo que implicaba el balbuceo de quienes no hablaban ni griego ni latín.
[2] Sobre todo en las épocas de la República y del Imperio romano los problemas de seguridad, eran desde asaltos en los caminos, piratería en alta mar, rapiña en propiedades, incendios en construcciones públicas y privadas, hasta asesinatos de políticos. Entonces no había policías y la persecución de los asesinos, rateros y vándalos en general la sumían los propietarios que siempre tenían perros y gansos entrenados, además de sujetos entrenados para la defensa. Los bienes más preciados se resguardaban en cajas de seguridad no de bancos sino de iglesias.
[3] Papa Sixto IV tenía grandes enemigos, debido a su nepotismo y es en 1506 cuando la Guardia suiza con uniformes supuestamente diseñado por Miguel ángel Buonarroti se oficializa la guardia de seguridad como actualmente la conocemos.